Por: Manuel Chávez
Desde el inicio de la pandemia, una de las icónicas plazas de la capital queretana se quedó sin público: la Plaza del Mariachi. Hoy, entre semana, apenas guarda un eco de lo que fue y solo en ocasiones de fiesta recupera algo de la magia que la caracterizó.

Si decides visitarla hoy, la encontrarás casi desierta. Solo transitan personas que van de paso, empleados que aprovechan su hora de comida y el guardia de seguridad que vigila el lugar. Las canciones de los músicos han sido reemplazadas por el silencio.
Rastros de mariachis hay muy pocos. Entre los pocos cantantes que encontramos, Ezequiel, un mariachi que viene desde San Luis Potosí, nos compartió su sorpresa al ver esta plaza: “No es parecida a las de León o Guadalajara, donde en cada rincón ves a mariachis tocando”.

Otros dos músicos con los que platicamos coincidieron en que todo cambió desde la pandemia. Hoy, explican, ya no es necesario estar físicamente en la plaza para conseguir clientes: los contactos y reservaciones se hacen por teléfono. La plaza ahora solo funciona como un punto de encuentro para salir hacia sus compromisos.
Las razones del declive son varias: rejas que limitan el acceso, nuevos horarios, negocios cerrados y baños en pésimas condiciones. Todo esto ha contribuido a que la Plaza del Mariachi pierda su brillo y encanto, además de la evolución de la propia profesión.

Entre remodelaciones que limitan el acceso, la pandemia que orilló a los músicos a encontrar nuevas formas de ofrecer sus servicios, la construcción de Paseo 5 de Febrero que ocultó la plaza y la desatención en la que se encuentra, han convertido un pasado de música y fiesta, en un presente de silencio y abandono.

Este espacio, que alguna vez fue símbolo de la tradición mexicana, ahora sobrevive como un recuerdo de lo que fue. La música ha encontrado nuevas formas de mantenerse viva, pero ya no depende de lugares como este para llegar a todos lados.


