- Jonatan N. Parra
Entre rituales antiguos y escenificaciones religiosas, San Antonio de la Cal, Tolimán, celebra la Semana Santa. La pequeña localidad guarda una herencia otomí-chichimeca que se mezcla con las prácticas religiosas del catolicismo y da paso a tradiciones únicas como el despliegue de las garrochas, los banquetes de cuaresma y las procesiones.
Las celebraciones, realizadas en la parte posterior de la Peña de Bernal, inician el lunes santo con la llegada al templo, donde las «garrochas», varas hechas con carrizo y forradas con listones de colores que representan las lanzas de la guardia romana, se convierten en un elemento visual de gran relevancia.
En cada procesión de las imágenes religiosas, los «Mechudos» o «Iscariotes», personajes vestidos de negro con máscaras de madera y largas cabelleras de ixtle, se encargan de custodiar el orden y la disciplina de los fieles.
También se comparte la «amargura», que se trata de una bebida elaborada con hierbas y piloncillo, que evoca el vinagre ofrecido a Jesús.

En los días más solemnes de Semana Santa, las actividades se intensifican con las procesiones y visitas a los altares. El Jueves Santo se combina con la celebración de misa, la representación de lavatorio de pies, la última cena y otros pasajes bíblicos.
La convivencia durante los días santos se refleja con fuerza en los banquetes de cuaresma, que son más que un acto de alimentación. Es un espacio de encuentro comunitario en el que las familias preparan platillos que respetan la tradición de no consumir carne roja, pero destaca la gastronomía local.
En manteles se comparte mole rojo, nopales preparados, tortas de camarón, frijoles de la olla y otros guisados acompañados con tortillas de colores y el pulque.
El Viernes Santo suele ser el día más importante, desde temprano los habitantes se preparan para el Viacrusis, que representa los pasajes de la pasión y muerte de Jesús.
Más tarde, este mismo día, se realiza la adoración de la Santa Cruz y culmina con la procesión del silencio.


